
Por una ventana del averno de cemento se escapa un olor a campo, un anagrama dorado. La cocina se orilla a un lado de la noche. La mujer ama su soledad de incienso. La cisterna rompe aguas pero no su calma. Desde el frío baño escucha los piropos de la tetera familiar. No hay testigos en su vida para estos placeres noctámbulos. Bebe a sorbos las lágrimas reconfortantes, calienta sus manos con el calor aromático y se pregunta a qué se dedicarán los espejos cuando nadie se retrata en el reflejo.
David Morán — 04-06-2005 18:36:59