
Se acercó a mí, nuestros pasos se acompasaron, la gabardina le colgaba de los hombros, los bajos arrastraban restos del caminar. Observé el rostro del hombre: Una mancha. Sólo pude ver la sombra de un sombrero en exceso ceñido. También adiviné una mirada tras los oscuros cristales de unas gafas de diseño. Al frente, una ancha calle semejante a la que perdíamos por detrás. Me esforcé por comunicar con mi casual acompañante. Descubrí enseguida que se trata de ese raro tipo de hombres a quienes no gusta hablar de sus hazañas antes de llevarlas a cabo. Era una tumba. Proseguimos el camino por la interminable acera. Sin avisar, sin emitir gesto alguno, giró sobre los talones eligiendo otra dirección. Se alejó dándome la espalda. Sus labios silbaban una vieja melodía. Por mi parte, seguí en línea recta.
He avanzado mucho hacia el final de mi ruta, y no hay nada. Debí seguirlo; ahora lo sé. Quizá fuera un ángel mudo.
David R. Morán — 28-05-2005 05:59:51
Luis Amézaga — 29-05-2005 10:41:52
David Morán — 29-05-2005 22:49:34